Libro cartonero "La Lima que Vi-ví"


Libro que escribí con memorias del barrio donde pasé la primera infancia. Empecé con el objetivo de presentarlo al II Concurso del Libro cartonero La historia de mi barrio organizado por Lima Lee de la Municipalidad de Lima, en el que quedé finalista de la categoría libre. Sin embargo, resultó una de las actividades más saludables, sanadoras y satisfactorias que he hecho en mi vida, lo que me impulsó a continuar escribiendo, dibujando y contando historias, propias y ajenas. También decidí adoptar este formato para mis próximas publicaciones por su versatilidad y la libertad que brinda, motivos por lo que animo a todo el que quiera empezar a escribir que se dé la oportunidad de empezar, haciendo un libro cartonero. 

El texto casi completo lo escribí en Sao Paulo, entre los meses de agosto a octubre del 2020 y su complemento, las ilustraciones, fueron saliendo cuando estuve en la Lima donde viví: consta de dibujos a mano alzada y combinaciones de algunas técnicas manuales. Los materiales, todos reciclados. 

Uno de los requerimientos del concurso era que teníamos que documentar el proceso de producción del libro, lo que ya había hecho anteriormente. Ir tomando fotos y videos del inicio o fin de cada etapa, cada hoja, la carátula o la transformación de imágenes y materiales, se ha vuelto un hábito que resulta muy útil cuando queremos transmitir de manera fidedigna las etapas de ese trabajo hasta que el libro nace y su trasfondo se va diluyendo en el tiempo. 

Elaborando "La Lima que Vi-ví" tomé consciencia de que Recordar-es-volver-a-Vivir.




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Preámbulo

Viví en Lima hasta los 6 años.

La mayoría de los lugares que desde la casa en Jr. Recuay 696 (Urbanización Chacra Colorada) caminé de la mano de mis padres y abuelos eran Breña, La Victoria y Cercado de Lima, que abarcaba también el ahora distrito de Jesús María.

En el año 1966 nos mudamos dejando una Lima que cambió muchísimo con el terremoto de ese año (y los de 1970 y 1974).

Desolada vi los muros caídos por todas partes, adobes en las pistas, casas de quincha resquebrajadas, los pupitres y vidrios rotos de mi escuelita, las iglesias sin techo y las puertas de tiendas y fábricas que cerraron para nunca más abrir.

Lima es una ciudad re-reconstruida a la que vuelvo siempre. Recorro sus calles y parques sintiéndome niña otra vez. Los dibujo tratando de describir esos sentires.

Mis primeros trazos los hago con duda. Los 50 años de distancia entre la niña y esta mujer que recuerda, dividen mi Alma en dos miradas.

Decido hacer dos versiones distintas con aquellos recuerdos, utilizando los colores -y la ausencia de ellos-, para dar énfasis a esa dualidad.

Por un lado, mis textos impresos en blanco y negro, escritos con datos precisos que encuentro en el hoy digitalizado.

Por otro, mis dibujos pintados a mano, imágenes donde algunos detalles resaltan más que otros, tal como los voy extrayendo de mi memoria.

 

Las esquinas de Chacra Colorada

Vivíamos en el piso bajo de un caserón ubicado en toda la esquina de Jr. Recuay con Moreno en Chacra Colorada. Al frente, una bodega. Al otro frente, otra bodeguita. A poco más de una cuadra, el Parque Murillo con sus bancas de cemento, casi la Plaza de Armas de Breña. donde todos los días vendían querosene en latas y ron de quemar.

También allí hicimos cola, por una vacunación de no sé qué, me pusieron unas gotas en la boca y después un caramelito blanco para contrarrestar el sabor amargo. Las vacunas pueden ser dulces.


Una canasta de huevos

La dueña vivía en el segundo piso. Era tan viejita que ya no bajaba las escaleras. Pero todos los días recibía su pan caliente en una canasta que atada a una cuerda deslizaba desde su ventana a las 6 am en punto. Primero bajaba la canasta con el dinero; después, subía la canasta con el pan. De la misma manera me enviaba de regalo los huevos de sus gallinas. El gallo del corral que tenía en el techo, nos daba la hora exacta para despertarnos, lo que ayudaba mucho si se olvidaban de darle cuerda al  reloj.


Mi primera boda

A la vuelta del Parque está la Iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados en la Av. Venezuela. He visto que es la cuadra 12. Con mi abue salíamos todas las tardes después de almuerzo a caminar. Eran largas los paseos por toda la Venezuela hasta la Alfonso Ugarte, ida y vuelta. Pero esa tarde no sé por qué no fuimos hacia arriba sino que bajamos una cuadra, exactamente en el momento que salían muchas personas de  la Iglesia, nos detuvimos curiosas para ver a unos novios, pero casi no pudimos verles las caras, sólo el lindo vestido blanco de la novia, cuando entraron apurados a un auto negro con adornos plateados muy brillantes, clásico, que los esperaba con las puertas abiertas, con mucho arroz en sus cabezas y en todas partes!!!

 

Volando por un chocolate

Los olores más deliciosos me despertaban los sábados: por un lado, el olor a chocolate que salía de la fábrica El Tigre, en la Av. Arica, por el otro, el olor a pan caliente de la panadería de los italianos, doblando a la derecha, se sumaba al de las bizcotelas, tortas y otras delicias que preparaban a pedido para las fiestas de cumpleaños.

¿A dónde voy? 

 

El Mercado Nro. 01 de Chacra Colorada

Todos los días, mi abue hacía el mercado. De las caseras, las que vendían pollo eran las más amables, pero odiaba ver cómo los mataban. Todos los productos se entregaban envueltos en papel periódico, que mi abue iba guardando en la bolsa del mercado de paja, gran cuadrado con asas flexibles. Si le pesaba, paraba de cuando en cuando para cambiar de mano.

En el camino, un altarcito con la foto de una joven de ojos tristes y velo negro. Todos los que pasaban le dejaban flores, se persignaban y rezaban. Después me enteré que era Luisa de la Torre, más conocida como la Beatita de Humay. Mi abue tenía en el cajoncito de su velador un altar completo: velitas misionera, rosarios de varios tamaños y estampitas de todos los santos de su devoción, incluida esta Beatita y la Melchorita, santas que por mucho tiempo confundí, en realidad hasta ahora estoy confundida: ¿son santas?

 

El colectivo

Un día íbamos por la Av. Arequipa con mi mamá en un colectivo.  Eran carcochas de los años 30 que habían pasado a ser usados para el servicio de transporte en la ruta Lima-Miraflores. Todo por dentro temblaba. Al arrancar sonaban muy fuerte. Y cuando se detenían, parecía que sus asientos de madera con cuero y todo se iban a salir. Nosotras nos sentamos de espaldas al chofer.. Se bajó un pasajero después de pagar y al cerrar la puerta me agarró los dedos. Grité. No me había pasado nada más que el tremendo impacto, porque la puerta no cerraba muy hermética, dejaba un espacio en el que entraron mis dedos, un poco estrujados, pero salieron ilesos.

 

Terremoto en Lima, una tarde diferente en el octubre de siempre

Me acuerdo que pensé que ese ruido nuevo era la lavadora, también nueva. Pero no. Era el primer terremoto de mi vida. 17 de octubre de 1966.

Mi mamá llegó a las horas. Había tenido que abrirse paso entre la gente que salió desbandada por las calles del centro, lleno de negocios, oficinas y bancos, caminando como pudo por el Jr. De la Unión, desde el Helena Rubinstein donde se teñía el cabello, llegar a Tacna, cruzar la Alfonso Ugarte y la Venezuela a pie. Desesperada, después del tremendo movimiento se había salido con los ruleros puestos y llevaba el cabello cubierto con un pañuelo. Mientras nos contaba sus aventuras, se sacó el pañuelo y nos quedamos mudos: parecía un gallo multicolor, sus cabellos cortos lucían toda la gama de colores del amarillo al marrón, lilas, naranjas, rojos, eran fuego puro. Volvió a los pocos días para que le arreglaran el desastre. Y volvió muchas veces más a ese centro de belleza hasta que cerró y abrieron peluquerías en cada barrio.

 

Escuela y Jardín de la Infancia, la distancia a pocas cuadras.

Una de mis abuelitas era profesora en una escuelita fiscal de la Av. Iquitos en La Victoria. Cuando cumplió 40 años de servicio decidió jubilarse y dejarle su lugar a mi mamá, que pasó a ser la profesora de primaria más joven. Algunas veces me llevaba y me dejaba a cargo de sus alumnos. Eran unos chicos traviesos, que siempre hacían bromas y me quitaban mi gorrito. Se lo pasaban de mano en mano, hasta que mi mamá venía al rescate. ¿Por qué usaba sombrero? Como tenía el cabello tan ondulado, alguna buena consejera dijo que la solución para mis imposibles rulos era cortarme “coco”. Así lo hicieron entre mi tía-abuela-madre-con-tijeras y mientras mis supuestos cabellos perfectos crecían, usaba gorro o sombrero, dondequiera que fuera.

Al costado de esa escuelita primaria, un restaurante larguísimo en cuyas vitrinas hay -aún- langostas y cangrejos disecados, donde tomábamos desayuno con el mejor pan con queso fresco de mi vida, a media cuadra de la Plaza Manco Cápac.


Los 5 años los pasé feliz en el Jardín de Infancia N° 01, actual Centro de Aplicación del Instituto Pedagógico Nacional de Educación Inicial (IPNEI)

¿A quién se le ocurrió que los mandiles fueran blancos?

Cada mañana salía impecable, mandil planchado y almidonado.

Cada tarde, ¡mi mandil llegaba negro!!!  Mis abuelitos pagaban pato, pero yo FELIZ de ser alumna en el primer centro en el país de educación inicial mixta en el programa piloto al que mi mamá rogó a una amiga de su maestra para que me aceptaran. Y se lo agradezco hasta ahora.

La profesora Barcia Boniffatti hizo lo indecible para que los niños de 4 y 5 años tuviéramos una educación inicial de vanguardia para esos tiempos en un maravilloso lugar, que tenía patios de juegos y casitas adaptadas a nuestro tamaño, con cada ambiente creado para disfrutar, a nuestra entera disposición. Era un recreo permanente. Jugábamos y aprendíamos jugando. En el más puro estilo Montessori.

 

Hay un camino de Lima a Venezuela

En los largos paseos con mi abue, había siempre un recorrido estelar: la Av. Venezuela.

Íbamos por toda la Avenida, mirando las tiendas, los cines, los óvalos con sus estatuas, hasta llegar a la Av. Alfonso Ugarte. Nos alegraba mucho haberlo logrado, pero el camino de regreso se ponía complicado. Los puestos de periódico ya habían cerrado, algunas funciones también. Aunque no solo los letreros me entretenían mucho, sobre todo los de las pollerías y chifas que empezaban a atender en las tardes. Las rejas de las casas eran maravillosas y siempre estaban allí.

 

Una gran cantidad de ventanas y puertas tenían rejas con diseños que me encantaba mirar. Líneas curvas, floridas, arabescas, cuadradas, de variados colores, que mis ojos “dibujaban”  hasta perder de vista unas y seguir a las de la siguiente casa y así, dejando siempre ese seguimiento sin acabar, como saliendo de laberintos en los que perderse sería fácil.

 

La loca que nos volvía locas

En todo barrio limeño había por lo menos un loco deambulando por sus calles.

Cerca de nuestra casa se paseaba una loca que nos dio varios sustos. La peor vez fue una en que caminábamos por la Av. Venezuela e íbamos tan distraídas que no nos dimos cuenta que se acercaba. De cara nos encontramos con ella que venía directo hacia nosotras, con la clara intención de agredirnos. Nos metimos muy asustadas a un pasaje cerrado que daba a la otra calle. Creyendo que la habíamos perdido, volteamos pero vimos aterradas que también había entrado al pasaje y venía rápidamente hacia nosotras. No había nadie. Acabando el pasaje dimos la vuelta con dirección a la casa. Avanzamos tocando 1, 2, 3 puertas. Ya nos estábamos desesperando pensando que lo único que habíamos conseguido era perder la poca ventaja que le habíamos ganado, cuando alguien abrió la puerta más cercana y mi abue se dio maña para explicar a la señora el apuro en el que estábamos. Nos permitió entrar para resguardarnos. Por la ventana, vimos salir del pasaje a la loca. Pasó y repasó buscándonos, como no se había dado cuenta de dónde nos habíamos escondido, por fin se cansó y se fue.

Salimos muy agradecidas con la vecina por habernos protegido de la loca que no vi más, aunque el miedo a la locura me ha perseguido desde entonces por siempre jamás.

 

La Maison de Santé

El día que nació mi hermanita tuve una gran conmoción. Días antes había pasado la noche entera cabalgando en la barriga de mi mamá, llorando por un fuerte dolor de oído, hasta que amaneció y fuimos al doctor. Se me había roto el tímpano porque nos pusimos muy cerca de la banda de una procesión que acompañamos por algunas cuadras con mi Abue. Nos ubicamos al lado de los instrumentos más intensos. En ese entonces, no sabíamos que Dios nos escucha dondequiera que estemos. Felizmente mi oído sanó completamente, solo con el paso del tiempo en cama, unos pocos días que fueron largos como meses enteros para mí. El aburrimiento se hacía más intenso por no tener con quien jugar. ¡Cómo cambiaría todo cuando naciera mi hermana!!!

Volvimos a la clínica. La Maison de Santé era el mejor lugar para nacer. La obstetriz Avelina, tenía fama en todo el país. Pero mi mamá no tuvo un parto muy fácil. Le hicieron cesárea. Además oyó una historia entre pasillos que la puso más nerviosa: en ese verano por error hubo un intercambio de bebés. La primeriza ya estaba amamantando al bebé equivocado. La que se dio cuenta fue la otra mamá, que vio de inmediato que ese bebé no se parecía a los anteriores.

La emocionada era yo porque por fin había llegado la compañera de juegos que tanto había esperado. Ausentes mis padres, me recogieron unos tíos que tenían auto. Con mi prima pasamos veloces por los pasillos del segundo piso. Por fin …por fin…por …queeeééé…. detrás de la vitrina un pequeñísimo humano estaba durmiendo profundamente en una pequeña camita de metal, patas muy altas y ruedas. ¡Era obvio que no íbamos a jugar ese día! Ni el siguiente, ni en muchos años…

 

El Parque de la Reserva

Mi papá era el mejor compañero de juegos, mientras mi hermanita no crecía.

Los domingos por la tarde me llevaba al Parque de la Reserva a dar vueltas y vueltas. Corríamos alrededor de la fuente principal, me encantaban sus piletas de agua. Hasta que se cansaba y le daba propina a los niños que vendían dulces o lustraban zapatos dentro del parque para que jugaran conmigo un rato más.

 Al final del día subíamos por el inmenso portal de flores para ver la  caída del sol, pintando hermosos colores en el cielo. Vuelvo a sentir su calorcito en los brazos. Amarillos y Naranjas de muchos tonos, todo Lima bañado por un inolvidable velo dorado-anaranjado.

 

De regreso, parada obligada en la heladería Parisi de la Plaza Bolognesi.

La brisa con olor a mar nos dá de cara cuando entramos a la Av. Arica para ir “cortando” el camino. Es una caminata larga por esas calles matizadas con piedritas y árboles, vamos directo hacia el sol que lanza sus flamas cada vez más rojas. De la mano de mi papá no hay temor, ni me aburren las paredes de las fábricas. Destaca entre el cielo de fuego la gran torre del Colegio La Salle. Su campana nos hace pensar en la hora y apurar el paso. Caminamos mientras miramos cómo el paisaje se va suavizando.

 

Llegamos a la casa pero me detengo antes de subir el peldaño donde me he sentado tantas veces. Miro en lo alto la ventana cerrada de la dueña, la manija grande y la ventanita con reja de nuestra puerta, por la que las caras sonrientes de mis abuelos no se asomarán más. Siento unas ganas indescriptibles de seguir recorriendo las amadas calles.

Por un instante mágico, los  recuerdos se iluminan igual que las luces de neón que empiezan a encenderse y mi corazón teñido de nostalgia sigue caminando, caminando….


Colofón

Creo en la causalidad.

Encuentro muchas coincidencias, pensando en el tema del concurso: Mi barrio.

¿Qué barrio? ¿Este en el que vivo ahora, el Bairro Barcelona, en Sao Paulo?, aquí los barrios no son como en Lima, la Lima que recuerdo con barrios, es la de mi niñez. Chacra Colorada en Breña, eso sí era un barrio, con sus tiendas en las esquinas, mi casa con ventanas de fierro, el gran Mercado, las calles largas, sus quintas, las procesiones…

Pero nos mudamos poco después del terremoto del 66.

¿Cuándo ocurrió exactamente?  Lo busco en Google. Un 17 de octubre de 1966. Ahora es octubre también y estoy a 6 meses de cumplir 60 años. Y eran 6 meses los que me faltaban ese 1966 para cumplir los 6 años.

Recordar no siempre es fácil.

Hay recuerdos bonitos, pero también están los que eran lindos y ahora duele recordar a tantos seres queridos que han partido. Confieso que más de una vez se me han salido las lágrimas al mirar estas fotos en blanco y negro, sintiendo esas manos amorosas como si viviera de nuevo ese ayer.

En estas calles quedaron más que mis pequeñas pisadas. Ahora me doy cuenta de cuánto de esos años tengo grabado en el corazón.


Indice

Preámbulo


Las esquinas de Chacra Colorada

Una canasta de huevos

Mi primera boda

Volando por un chocolate

El Mercado Nro. 01 de Chacra Colorada

El colectivo

Terremoto en Lima, una tarde diferente en el octubre de siempre

Escuela y Jardín de la Infancia, la distancia a pocas cuadras.

Hay un camino de Lima a Venezuela

La loca que nos volvía locas

La Maison de Santé

El Parque de la Reserva


Colofón

 




















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